Piloto automático ―y lo que te regresa de un hondazo―

Era una tarde de semana cualquiera. 
Phil y yo (padres) y Luca, de 3 años,
jugábamos con sus bloques,
echados en el piso de madera. 

Ganas, no teníamos.
Era más un deber de padres.
Recién llegaba del jardín
y quería compañía.

Después de lo que consideramos
un tiempo prudente,
nos quedamos ahí,
pero ya sin jugar,
cada uno en su mundo.

Físicamente, yo estaba en casa.
Y el resto, en las nubes lejanas.
Phil, en el celu. 

Algo me trajo de regreso. 

Uno de los brazos de Luca,
invisible tras su espalda,
hacía la moción de rascar.

Miré con más atención. 
Sí.
La mano estaba dentro del pantalón.

Lo observé caminar hacia su papá,
que seguía absorto en el teléfono.

En tan sólo microsegundos,
le apoyó sus dos deditos rascadores
en el labio superior,
bajo la nariz.

Quería compartir el olor.

No pude contener la risa. 

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