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De tan simple, casi se le pasa

Una emergencia hizo que abriera los ojos bien grandes. Observó todo con detenimiento. Entendió. La agobiante urgencia no tenía razón de ser. Fue por más: pidió una revelación. Se vio a sí misma, mucho más peque (de unos 10 quizás). La niña se paraba sobre sus pies,  le agarraba fuerte las manos,   y empezaban a girar, cada vez más rápido. De pronto la peque, sonrisa amplia y luminosa,  se caía y se lastimaba. Pero sin dar tiempo a nada pedía: —¡Otra vez! Es hora de divertirse.

Casi acelero la marcha

Caminaba en un circuito dentro del gim, junto a otras personas.  Miraba. Comparaba. Sobre todo con quienes andaban más rápido. Cerré los ojos. Iba al ritmo justo.

Vergüenza aparte

Salgo de jiu jitsu con Luca, de 3 años. Lo habíamos acompañado a papá un rato. Nos vamos un poco a los rajes. Era tarde.  Y todavía tenía que hacer la cena y darle un baño.  Frío invernal, nieve y hielo por doquier. Una montaña de nieve bloqueaba la puerta del auto del lado de Luca. Desesperada (me estaba meando) lo alzo. Se me escapa un chorrito.  Acudo a sus toallitas húmedas, mientras intento aguantar el resto.  Me desespero más,  no logro sacar ninguna. Se habían consolidado todas en un rígido bloque, símil hielo. A duras penas deshilacho dos mitades. Llego a casa. Y bien de madre, miro la hora. Mientras me sigo recontra meando  decido prender el horno para precalentarlo. Hasta ahí llegó mi aguante. Las restantes horas anduve así, meada, entre baño y cena y alguitos más.  Finalmente, divertida a pesar de la peripecia, le cuento a mi pareja,  haciendo alusión, primero,  a las dificultades de retención después de un embarazo. Buscaba compar...

Piloto automático ―y lo que te regresa de un hondazo―

Era una tarde de semana cualquiera.  Phil y yo (padres) y Luca, de 3 años, jugábamos con sus bloques, echados en el piso de madera.  Ganas, no teníamos. Era más un deber de padres. Recién llegaba del jardín y quería compañía. Después de lo que consideramos un tiempo prudente, nos quedamos ahí, pero ya sin jugar, cada uno en su mundo. Físicamente, yo estaba en casa. Y el resto, en las nubes lejanas. Phil, en el celu.  Algo me trajo de regreso.  Uno de los brazos de Luca, invisible tras su espalda, hacía la moción de rascar. Miré con más atención.  Sí. La mano estaba dentro del pantalón. Lo observé caminar hacia su papá, que seguía absorto en el teléfono. En tan sólo microsegundos, le apoyó sus dos deditos rascadores en el labio superior, bajo la nariz. Quería compartir el olor. No pude contener la risa. 

Apariencias

Recibo una foto.  Soy yo, con 9 meses de embarazo. A punto de explotar. Semi sentada en nuestro sillón maíz. La miro un rato. Respondo. "Such discomfort and peace.  An apparent contradiction that is not".

Indelebles no sé qués

Escuchás una canción muchas veces recorrida y algo cambia, radicalmente. La vibración. El estado de la materia. Bienestar y desconcierto, anclados en lo invisible. No es la canción. Es todo lo que pasó en torno a ella.  Los lugares a los que te devuelve. Emergen, desde lo más profundo, estados dibujados en el inconsciente con tinta indeleble. Ese, el no sé qué propio.

Invitación

Algo hace tu palpitar más intenso, vibrante. Te enciende.  De pronto, todo está bien. Flotás en magia. La liviandad de estar presente sin nada que te distraiga. Intentás hacerlo consciente: ¿Qué me enciende? (A mí, aquello cuya esencia está desnuda. Creo que a eso llamo "profundidad").

¿In—tu—ición?

Qué curiosa la magnética atracción hacia personas, culturas o lugares que te son desconocidos. ¿Cómo puede despertar tanto algo que nunca visitaste? Como esa maravillosa inspiración y felicidad que sentí en Roma. Pero no así en Florencia, o en Venecia. Susurros de sabidurías, que te revelan sin explicación.

Todo se detuvo

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Caminaba por la Galería Nacional de Arte de Washington, sin saber dónde estaba qué. Tampoco buscaba nada en particular. Hasta que me vi cautivada.  Me dejé atrapar así, sin más, sin saber quién era el autor o la obra, sin pensar en el por qué o el cómo. Me convenció mi sentir.

Sentarse con lo que pasa adentro

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(Y no levantarse enseguida). Era libre, y aun así se sentía encerrada. El encierro empezó a asfixiarla. Primero culpó al trabajo. Después, la casa. Sí, era la casa: Tiene pocas ventanas, o son demasiado pequeñas; falta contacto con el verde y el cielo. Hasta que... Un día, desapareció la puerta. Ahí sí que tuvo que "frenar las maquinitas", y ocuparse. Qué perverso, se dijo, al descubrir que el encierro estaba dentro. En ese incesante desoír y reprimir a su alma, fue ella quien casi desaparece. Dijo  Mahatma Gandhi:       « Creer en algo y no vivirlo es deshonesto »  Dijo Eladia Blázquez:       " Hay tantas maneras de no ser,      Tanta conciencia sin saber      Adormecida       Merecer la vida no es callar y consentir,      ¡Es una virtud, es dignidad!      Y es la actitud de identidad ¡más definida!"  Dibujó Quino:      ¿Honramos nuestra ...

Encanto

Quisiera hablar de algo impreciso. En relación a tareas o profesiones que se desempeñan  con una cierta fluidez mágica. Sin obstrucciones. Resultando algo que resplandece. Y trasciende lo terrenal. Pocos hacen instintiva y despreocupadamente. Funcionando como canales.  Pocos transmiten lo inconsciente desde la pura esencia y  el sentir, sin aniquilarlo con juicios o críticas. Creo que es ahí donde reside la maravilla que inunda no sólo al artista, sino también al espectador. Una especie de encantamiento. Y es que sí, ese hacer —natural, liviano, visceral— te hipnotiza, te inspira, y vibrás de emoción. Esa presencia absoluta,  en intensa conexión, dejando que algo te traspase sin vergüenza ni cálculo alguno, es del más tenue resplandor. Lecturas recomendadas: The Unknown Craftsman (La belleza del objeto cotidiano), por Soetsu Yanagi The Heavenly Environment, por James Rose The Artist's Way (El Camino del Artista), por Julia Cameron