De tan simple, casi se le pasa
Una emergencia hizo que abriera los ojos bien grandes. Observó todo con detenimiento. Entendió. La agobiante urgencia no tenía razón de ser. Fue por más: pidió una revelación. Se vio a sí misma, mucho más peque (de unos 10 quizás). La niña se paraba sobre sus pies, le agarraba fuerte las manos, y empezaban a girar, cada vez más rápido. De pronto la peque, sonrisa amplia y luminosa, se caía y se lastimaba. Pero sin dar tiempo a nada pedía: —¡Otra vez! Es hora de divertirse.